viernes, 20 de julio de 2018

MI CAMINO DE SANTIAGO (I): REFLEXIONES PREVIAS

   
     Comienzo a preparar este post casi 1 año después de haber acabado mi primer Camino de Santiago, y sí, digo primero porque en estos momentos tengo la sensación de que habrá, si circunstancias mayores no lo impiden, muchos más, pues ha sido una experiencia muy positiva (dicen que el Camino te cambia la vida, yo no sé si en mi caso es para tanto, creo que no, pero habrá que ir viéndolo...).


     A partir de estas líneas y en las próximas entregas en esta bitácora que tengo últimamente tan abandonada pretendo contar como ha sido esta experiencia, como ha sido mi Camino, un poco con la necesidad de recordar y dejarlo plasmado (a lo largo de los días que estuve caminando me encontré con varias personas que cada día trataban de escribir lo que habían vivido, yo decidí apelar a mi memoria...), como siempre sin saber si a alguien más le puede interesar, aunque creo que sí, pero en todo caso, como algo para mí. Tengo claro que, pasado este tiempo no me acordaré de todo y también que tampoco puedo ni quiero contar todo lo que pensé, sentí, viví, más que nada porque también afecta a otras personas.

     Lo primero de todo es comentar que aunque el Camino ha llegado en este momento, es algo que llevo rumiando mucho, pero que mucho tiempo, dándose las circunstancias apropiadas para hacerlo, entre las que están la independencia y la seguridad en mí mismo para intentarlo.

     Una cosa tenía seguro, y era que cuando comenzara con esta aventura quería hacerlo "a lo grande", es decir, hacer el Camino entero, a pesar de lo que esto supone y de que algunos me decían "y por qué no empiezas más cerca". No sé si la decisión se podía considerar como valiente, más cuando la idea era empezarlo solo, o una insensatez. Ahora, una vez terminado, y con el reposo de este año que ha pasado, el adjetivo no puede ser otro que acertada, aunque en algunos momentos, pocos pero los hubo, la palabra insensatez estuvo presente en mí.

     Otra de las cosas que tenía clara era cuál debía ser el punto de partida y este era el puerto de Somport, en Candachú (Huesca), o sea el comienzo del camino francés por el ramal aragonés, en la misma frontera con Francia. Es mucho más habitual el comienzo por el  ramal navarro en Roncesvalles o incluso con una primera etapa con origen francés en Saint Jean Pied de Port.

     Puede que una de las razones fuese "simplemente" ver in situ la estación internacional de Canfranc, una maravilla de edificio modernista que mucho tiempo atrás vi en un reportaje y me enamoró y que en la actualidad se encuentra abandonado, un tanto decrépito, y que lamentablemente si no se le da un uso se irá deteriorando a pasos agigantados (lo último que he leído es que sí, que además de un gran albergue de peregrinos se convierta también en un espacio dedicado al Camino y supongo que a resaltar los valores ecológicos y turísticos de la zona, cuándo, eso ya no lo sé...).



     Así es que  después de bastante tiempo leyendo, preparando como iban a ser las rutas en  una auto-guía impresa en papel por si se daba la circunstancia de encontrarme sin cobertura en estos tiempos en los que tienes casi todo a través de internet y tu móvil (yo he utilizado una web muy recomendable llamada Gronze.com), los lugares de pernoctación, saliendo a caminar para ir preparando las piernas, pensando el material que llevaría en la mochila, llegó el día de partir, primero hacia Madrid, tal que un domingo 9 de julio, desde donde a la mañana siguiente, bien temprano, cogería un AVE hasta la estación de Delicias en Zaragoza.

     A la capital maña llegaría en tan solo poco más de una hora, ¡qué diferencia con el siguiente tren, el que me llevara hasta Canfranc-estación, en un tren como los que veía en Peñaranda cuando apenas era un niño! El Canfranero se llama y tarda, nada más y nada menos que casi 4 horas en hacer un recorrido de unos 165 kilómetros.



     Aproveché la primera parte del viaje, la más fea, para dormir un poco (apenas había pegado ojo por la noche en un alojamiento cercano a la estación madrileña de Atocha, en el que el ruido de los pasillos y de la calle eran la constante). Cuando desperté empecé a ver y disfrutar del paisaje de los valles pirenaicos y en ese momento es cuando definitivamente me di cuenta que sí, que quería emprender esa, para mí, gran aventura.