domingo, 14 de julio de 2019

MI CAMINO DE SANTIAGO (IV): DE ARAGÓN A NAVARRA

     


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     Arrés nos dio la oportunidad de comenzar a convivir, sin embargo, a la mañana siguiente, en lugar de quedar y salir todos juntos, puesto que íbamos al mismo destino, Ruesta, lo hicimos por separado (uno de los problemas del sector aragonés del Camino es la falta de albergues, de forma que esa etapa prácticamente no tenía alternativa. Una lástima, porque una mayor implicación de todos los actores que puedan tener un papel en este sentido podrían hacer el tramo aragonés mucho más interesante).

     Poco a poco íbamos entrando en alguna que otra conversación y yo empecé a caminar casi de continuo con la pareja italiana, Giro y Francesca, y así comenzar a conocernos. La etapa resultó en este primer sector un tanto monótona, lo que junto con el calor la hizo tediosa.

     En un momento dado nos encontramos todos juntos: Isabel y Antonio, Francesca y Giro, María y Beatriz y yo mismo y, sin saber cómo, comenzamos a caminar juntos. Nuestro destino era Artieda, un agradable pueblo donde pudimos comer y descansar. Allí supimos de su gran problema, el mismo que el de Ruesta, y que no era otro que la intención de ampliar el embalse de Yesa, que dejaría a estas localidades prácticamente, cuando  no totalmente, aisladas y, por tanto, sin futuro.

     Tras comer, nos dispusimos de nuevo a caminar y de nuevo la ruta fue un tanto aburrida, descendiendo por una pista asfaltada (e incluso por carretera), sin ninguna sombra y aguantando la solana. Sin embargo,  un rato después la cosa cambió y tuvimos, tuve en este caso, puesto que nos habíamos separado (los ritmos no siempre podían ser los mismos), que ascender una pequeña loma para no seguir por la carretera. El camino cambió por completo ya que empecé a hacerlo por un pequeño sendero, a veces ni eso, entre pinos y con la agradable sorpresa de ver muy de cerca las aguas turquesas del embalse de Yesa. Cierto es que el final de este tramo, un tanto exigente por el calor, ser el final del día y el cansancio acumulado, se me hizo largo y no veía cuando llegar.




     El pequeño pueblo de Ruesta nos sorprendió gratamente por su carácter medieval (a destacar su castillo). Tras haber quedado abandonado en 1959, estaba siendo recuperado por una serie de gente, entre ellos los que gestionaban el albergue. Allí pude ver que había mucha propaganda de CGT, el sindicato obrero de corte anarquista, pudiendo saber más tarde que el pueblo había sido cedido a estos, y a la confederación del Ebro, por 50 años. De nuevo volvimos a saber del problema de la ampliación del pantano, ya que si a Artieda le dejaba muy aislado, a Ruesta lo podía dejar casi inaccesible.




     Allí, de nuevo, nos juntamos con las abuelas francesas, Pauline y Josephine, que por la mañana habían sido una vez más las primeras en salir. Tras una agradable y rica cena y compartir charla en el bar del albergue nos fuimos a descansar.

     Uno de nuestros albergueros se había ofrecido a enseñarnos  a la mañana siguiente (y nosotros aprovechamos la oferta) la abandonada ermita románica de Santiago, resultando verdaderamente interesante de ver (en la subida a Ruesta también nos encontramos con los restos de otra ermita, la de San Juan Bautista).


 
Ermitas de Santiago y de San Juan Bautista de Ruesta (fotos de tercerainformación.es y elcaminodesantiagodesdeasturias.blogspot.com respestivamente)


     Esta nueva jornada resultó mucho más agradable que la anterior, pues caminamos por una pista forestal entre vegetación, ganando poco a poco en altitud. Tras alanzar el collado de Peña Musera, comenzamos un descenso por un camino pedregoso hasta el pueblo de Undués de Lerda, donde hicimos una parada técnica para comer, beber y hacer alguna que otra cura. Podo después dejaríamos Aragón y entraríamos en Navarra.




     En mis planes iniciales, en esta jornada, en lugar de acabar en Sangüesa, estaba la idea de hacerlo en el pueblo de Javier, villa natal de San Francisco Javier, por eso de llamarse como el que esto escribe. Sin embargo, tomé la mejor de las decisiones, que no fue otra que la de seguir con el grupo que ya habíamos formado, ya que sería una pena que por unas cuantas fotos perder tan pronto la amistad que estaba surgiendo.

     El camino hasta Sangüesa se hizo de nuevo largo y tedioso. Caminábamos por un camino sin apenas vegetación, bajo el sol del mediodía y con algo de viento. El peor tramo de todo fue cuando parecía que ya habíamos llegado al pueblo al empezar a ver pequeñas fincas rústicas. Teníamos ganas de llegar, comer ducharnos y descansar, pero no, lo que había era un terreno tras otro,  y otro más y después otro, y así hasta al menos 2 kilómetros.





     Tras llegar a nuestro albergue, registrarnos y sellar nuestras credenciales de peregrino, mientras algunos decidieron que lo primero era la ducha, otros decidimos ir a comer... ¡y entonces apareció él!

     Sí, un personaje de lo más peculiar, un catalán que hacía ultramaratones, que solo hacía una comida fuerte al día, que cuidaba su alimentación hasta el punto de solicitar en un bar que le hicieran su desayuno-comida de TODOS los días para lo que tuvo él que ir a comprar ciertos ingredientes, que tenía todo el gasto calculado, haciendo comentarios que nos recordaba el tópico de agarrados de los catalanes y sobre todo que no nos dejaba disfrutar de nuestra cena, que si eso tiene grasa, que si eso azúcares y no sé cuantas calorías... y así, como él, había convertido a toda su familia, ¡buff, qué suerte cuando lo dejamos por la mañana!

     En Sangüesa, disfrutamos de un agradable paseo por la tarde pudiendo ver alguno de sus muchos monumentos, entre los que destacaba la iglesia románica de Santa María la Real con su espléndida portada. En Sangüesa también conocimos a Carlos, un peregrino canario que hacía la ruta en bicicleta, pero eso lo dejamos para el próximo post.