domingo, 20 de diciembre de 2020

MI CAMINO DE SANTIAGO (X): SUSANA, JULIÁN, ISA Y DANIEL

 

   


     Anterior


     El jueves 27 de julio comenzó la que sería mi decimoctava etapa. Una vez que, habiendo alargado la etapa anterior, llegando hasta Hontanas en lugar de a Hornillos del Camino, el final habitual de etapa se hacía muy corto, puesto que Castrojeriz estaba a apenas 9,4 kms. por lo que decidí que la alargaría hasta Boadilla del Camino, cerca ya del siguiente final de etapa de las guías, Frómista.

     De nuevo sería una jornada larguita, de 28,4 kms. La mañana se presentó bastante agradable, sin excesivo calor a esas primeras horas de la mañana. A poco más de 5 kilómetros y tras un suave descenso, me encontré con las ruinas del convento de San Antón, cercano ya a Castrojeriz, todavía en la provincia burgalesa, un convento de manufactura gótica que en su día acogía a los peregrinos que realizaban el Camino, especialmente a aquellos que llegaban enfermos con el llamado "fuego de San Antón", una intoxicación por el cornezuelo, un hongo que crecía en el centeno y que provocaba hasta la muerte por problemas respiratorios. Realicé unas cuantas fotografías y seguí mi camino. La primera parada "técnica" la hice unos cuantos kilómetros después, a la entrada de Castrojeriz, donde también pude ver el exterior de la iglesia de Nuestra Señora del Manzano. Allí me detuve para hidratarme y pude saludar a la chica "mística" que había conocido en Orbaneja del Camino.


 
Ruinas del convento de San Antón


Portada de la iglesia de Nuestra Señora del Manzano


     Recorrí las calles de este pueblo que recuerdo me pareció muy bonito (y largo) y que bien merece la pena conocer, pero el hecho de haber hecho ya dos pausas previas hizo que no me detuviese en exceso. 

     Al poco de salir del pueblo comenzó una fuerte cuesta hasta el alto de Mostelares, que hizo que tuviera que ascender unos 125 metros en apenas 1,5 kilómetros. En la cima nos juntamos un buen número de peregrinos, entre ellos algunos de los guiris de Hontanas. Allí hubo que hacer unos cuantos estiramientos, pues el esfuerzo había sido considerable.


Subida al alto de Mostelares con Castrojeriz al fondo

     Allí, había un chico, si no recuerdo mal con minusvalía, que tenía montado un pequeño puesto en el que ofrecía bebidas frías y fruta por la voluntad, que se agradecían y mucho, a la par que ponía música. En el descenso comencé a hablar con otra peregrina que me contó que estaba haciendo el camino mientras su marido e hija pequeña la iban "siguiendo" hasta el final de las etapas con el coche, donde se juntaban. Su motivo para hacer el Camino era religioso, agradecer que había aprobado las oposiciones de profesora, algo en lo que estaba yo. Lo más curioso es que lo había hecho muchos años antes, pero tras un proceso de impugnación de las mismas, no le habían otorgado su plaza hasta ese momento, una vez desestimado el mismo.

     Hicimos un receso en un bar en Itero de la Vega y tras este seguimos el camino, que poco a poco se empezó a hacer largo por el mucho calor castellano de finales de julio. Mi nueva compañera de camino tenía pensado parar unos kilómetros después que yo, en Frómista, por lo que separamos nuestros caminos y ya solo nos vimos unos días después unos minutos.

     Al llegar al ya palentino albergue de Boadilla del Camino, me sorprendió bastante la entrada, trayéndome recuerdos de la llamada "Venta del Quijote" en Puerto Lápice (Ciudad Real) que había visitado unos cuantos años antes. Unos metros después, el albergue me sorprendería todavía mucho más con su enorme jardín, piscina. Tras la respectiva ducha, comí en el restaurante del propio albergue y después de una reparadora siesta, seguí descansando en el jardín. La cena la haría allí mismo, y tras comenzar solo me acabó acompañando la chica de Orbaneja, a la que se sumó otro peregrino que ella conocía y con el que luego acabaría compartiendo alguna jornada con otros peregrinos.




     La siguiente jornada, decimonovena, me llevaría hasta Carrión de los Condes tras recorrer casi 25 kilómetros. Del comienzo es esta etapa tengo un magnífico recuerdo, ese paseo solitario mientras amanecía junto al Canal de Castilla, ese proyecto hidráulico para transportar el cereal castellano que apenas tuvo recorrido ante la llegada del ferrocarril, y que hoy se puede disfrutar como recurso turístico. Un poco antes de llegar a Frómista me detuve a ver y fotografiar uno de los sistemas de esclusas del canal.


Amanecer junto al canal de Castilla cerca de Frómista (Palencia)

  


     Tras hacer un receso en  una cafetería de Frómista, me acerqué  a ver, por fuera, eso sí, su famosa iglesia románica, la de San Martín de Tours, del siglo XI, probablemente la más bonita de este estilo en España.


Iglesia de San Martín de Tours (Frómista)


     Llegando a Población de Campos, tomé la variante de Villovieco, que me desviaría del camino  oficial, pero que me evitaba ir junto a la carretera. Varios kilómetros después hice un receso en un área de descanso en Revenga de Campos. Saludé al chico que me habían presentado la noche anterior, que estaba con otras 2 chicas, una de ellas, Susana, se convertiría poco después en parte fundamental de mi Camino.

     A Carrión de los Condes llegué a la hora de la comida. Lo primero, como casi siempre, era buscar donde pasar la noche. Esta vez el lugar elegido sería el albergue parroquial de Santa María, que acabaría teniendo una trascendencia fundamental en esta historia. Tras ducharme, bajé a lavar mi ropa y allí me volví a encontrar a Susana. Como nos habíamos visto esa mañana comenzamos a hablar y al final decidimos ir a comer juntos, comida a la que se acabó uniendo nuestro conocido común. En el albergue nos comunicaron que por la tarde habría una reunión en el hall en el que cantarían canciones con guitarras y en diferentes idiomas, puesto que todos los peregrinos, españoles y extranjeros, estaban invitados a participar. También nos dijeron que por la noche habría una cena comunitaria en la que cada uno podría poner para el común lo que creyese oportuno. Susana y yo decidimos ir a un supermercado y comprar algunas cosillas (recuerdo entre otras una enorme, rica y fresca sandía). Cuando nos disponíamos a ir, nos encontramos con un padre y su hija, vascos, con los que Susana ya había hablado. Aquel encuentro cambiaría mi Camino, pues Julián e Isa, que así se llamaban, se convertirían en compañeros de viaje prácticamente las 3 semanas que todavía me quedaban.

     Tras el vespertino concierto "religioso" en el que yo, bastante vergonzoso para estas cosas, apenas canté, llegaría la cena en el patio del albergue. Fue una cena muy divertida a la que también se uniría Daniel, un inglés de Liverpool, afincado en España, que ya había realizado el Camino en varias ocasiones y que también acabó convirtiéndose en otra de esas personas fundamentales en mi primera experiencia peregrina.

     Solo dos días antes me había sentido solo, a partir de este día caminaría siempre acompañado pues nacía mi segundo grupo del Camino. 


Continúa...


sábado, 19 de septiembre de 2020

MI CAMINO DE SANTIAGO (IX): SOLEDAD

      

                Anterior

      La tercera semana comenzaría con una jornada que recuerdo como muy bonita en el principio, pero que acabó convirtiéndose en bastante soporífera.

     La salida del albergue de San Antonio Abad en Villafranca Montesdeoca es bastante durilla, pues sin haber dado apenas  unos pasos, sin ningún calentamiento previo, comienza una dura subida, aunque poco a poco se va moderando, no obstante, señalar que es de aproximadamente 200 m de altitud en apenas 3 kilómetros. Con todo, merece la pena este paseo por los Montes de Oca, que curiosamente he leído que en otros tiempos era una zona muy temida por los peregrinos, ya que solía haber numerosos malhechores.



     Transcurridos un par de kilómetros, me encontré con una sorpresa, un monumento a los fusilados en la Guerra Civil, unas 300 personas del "bando republicano". Tras un pequeño descanso mientras leía citas de paz y hacía unas fotografías,seguí mi camino por aquel entorno tan bello, un bosque de robles y pinos donde es fácil, como a mí me sucedió, encontrarte con algún que otro ciervo a no mucha distancia.


    


     En San Juan de Ortega hice un descanso y visité la iglesia de su monasterio. Esta localidad es normalmente final de jornada si el comienzo hubiera sido en Belorado, que no fue mi caso. 


Ábside y baldaquino del la iglesia del monasterio de San Juan de Ortega

     Unos kilómetros después, se encuentra una localidad de famoso nombre, Atapuerca. Allí decidí desviarme del camino para visitar el CAREX, el Centro de Arqueología Experimental, que se veía a la derecha del camino. Sin embargo, me encontré con alguien que me indicó que estaba cerrado, era lunes (el yacimiento de Atapuerca se encuentra en la localidad de Ibeas de Juarros).

 
Monolitos en Atapuerca (pueblo) y cartel del yacimiento.

     A partir de ahí es cuando la jornada comenzó a convertirse en algo tediosa, primero por la subida por la sierra de Atapuerca, un camino muy pedregoso que hacía difícil la marcha y después por la bajada, que siguió siendo pedregosa al principio, pero que se convirtió en una pista de tierra cómoda, pero que sin embargo se mi hizo muy larga por el cansancio del día y el calor, sin una sola sombra y ninguna vista interesante.

     La jornada terminaría en Cardeñuela Riopico, no sin antes dos sobresaltos, el primero, un pequeño accidente que vi justo cuando iba a entrar en el albergue, cuando un ciclista salió por los aires por una salida indebida de un coche aparcado y, después, porque al entrar en el albergue municipal me comunicaron que estaba cerrado ese día por un problema con el agua.

     Afortunadamente, había un albergue privado, el Vía Minera, bastante interesante, y decidí contratar cama en una habitación para 4 personas en lugar de en el dormitorio comunitario. Nadie más llegó a la habitación  por lo que la tuve toda para mí. El cansancio era tal que solo me apeteció ducharme y echarme en la cama sin siquiera comer, tan solo alguna galleta.

     Recuerdo, en cambio, que la cena estuvo muy bien y fue muy agradable, ya que fue comunitaria entre todos los peregrinos que estábamos allí. Especialmente me acuerdo de una chica ya "madura", un tanto mística con la que había hablado algo en Villafranca y con la que compartiría algunos momentos días posteriores y también una pareja de madre e hija, sevillanas, que me sorprendieron muchísimo, pues la madre superaba ampliamente los 80 años y tenía la intención de llegar a Santiago. No tenían prisa, ni problemas de tiempo o dinero y caminaban 10 o 12 kilómetros  al día, de hecho, la siguiente etapa hasta Burgos, que para mí sería la más corta, salvo ese prólogo del que ya hablé, para ellas iba a ser la más larga por el momento.


     La llegada a Burgos fue bastante aburrida, ya que todo el recorrido discurrió por una especie de urbanización en Orbaneja Riopico, el exterior del recinto del aeropuerto y un polígono industrial de la capital castellana. Muy diferente fue pasear por sus calles llenas de historia.

     Llegué al albergue y estaba cerrado, y como todavía faltaban como un par de horas para su apertura, aproveché para ver y fotografiar con todo lujo de detalle su magnífica catedral gótica.

      

Selfi exterior con las torres al fondo, puerta de la Coronería y fachada principal, respectivamente.


 


Capilla de los condestables y cúpula de la misma, escalera dorada y claustro, respectivamente

     El albergue de Burgos es simplemente espectacular, edificio del siglo XVI completamente restaurado, 4 plantas, 150 plazas en 6 dormitorios, cada cama, en literas, con su luz propia y enchufe, que en estos tiempos en el que nos dominan los móviles es fundamental (no lo vi en un principio y me tocó estar cargándolo en el suelo del hall), zona interior para las bicicletas, comedor amplísimo...

     Tras la inscripción, sellado de credencial, ducha y demás bajé a comer a un bar y me fui caminando hasta el Museo de la Evolución Humana donde además de ver información y recreaciones de Atapuerca, pude ver y fotografiar modelos de prácticamente todas las especies de homíninos conocidos, una recreación del Beagle, el barco en el que viajó Darwin a las Galápagos que le sirvió para su Teoría de la Evolución.

   
Cráneo de "Miguelón" (Homo heidelbergensis) y tarros de guisantes de Mendel


Modelos de Australopithecus afarensis, Homo habilis, Homo antecessor, Homo neanderthalensis y Homo sapiens, respectivamente

     En fin, que la etapa corta se convirtió en una etapa normal porque bien a gusto caminé otros 7-8 kilómetros por la ciudad, catedral y museo. Por la noche, y como era el día de Santiago, nos invitaron a cenar una paella en la planta superior del albergue que puso colofón a un gran día.


     La tercera de las jornadas que comento en este post, decimoséptima desde que comencé el Camino, se convertiría en la más larga de toda mi "aventura", puesto que decidí hacer jornada y media de la de los manuales, así, en lugar de acabar en Hornillos del Camino, que supondría 21 kilómetros, lo alargué hasta Hontanas, sumando otros 10,5 kilómetros y sobrepasando los 30 por segunda vez.

     Fue otra de esas jornadas sin mucha trascendencia con un paisaje un tanto monótono tras salir de Burgos y que poco a poco se iría haciendo hasta pesadilla con la suma de kilómetros y el aumento del calor con el pasar de las horas. Hice un descanso considerable en Hornillos del Camino donde sí me pude fijar en algunas de sus casas tradicionales. Llegando a este pueblo o saliendo de él, no me acuerdo, me empecé a encontrar y saludar con  una pareja de italianas a las que continuamente iba y me iban adelantando cada vez que alguno de nosotros nos deteníamos. 

     Pasados unos kilómetros de Hornillos había a la izquierda un albergue en medio de la nada y en algún momento me tentó acabar allí, pero el hecho de que contara con apenas 10 plazas me hizo desistir de desviarme del camino hasta él. Era el albergue de San Bol. No recuerdo por quién fue, tal vez por las italianas,  que pude saber que nuestro viejo conocido Thomas había llegado allí en malísimas condiciones etílicas.

     Desde allí, los menos de 5 kilómetros hasta Hontanas se me hicieron larguísimos, de hecho iba viendo indicaciones con la distancia de forma frecuente y parecía que entre una y otra había caminado el triple. Quedando menos de medio kilómetro, todavía no se divisaba nada del pueblo y claro, de repente llegó la sorpresa cuando te lo encuentras en una hondonada.

     Creo que fue la jornada en la que me sentí más triste en el Camino. Decidí ir a un albergue parroquial y cuando llegué era el primero, aunque recuerdo que al poco llegaron un cura y una monja extranjeros, que por supuesto me invitaron a una misa, aunque yo tenía otros planes.

     El albergue era supermodesto, las mantas daban un poquillo de grima y el aseo era complicado. Finalmente fueron llegando más peregrinos, todos extranjeros, de forma que yo era el único español. No vi por su parte ningún intento de "acogida", de preguntarme quién era, de dónde venía, cuántos días llevaba caminando, algo muy normal con aquellos con los que compartes el espacio más cercano en esta ruta. Hablaban siempre en inglés aunque eran de diferentes nacionalidades.



     Lo mejor del albergue fue saber un poco de la vida del alberguero, un voluntario que hacía el trabajo de forma altruista y que, además, cuando no estaba allí, también realizaba labores de voluntariado en hospitales de Barcelona divirtiendo como payaso a los más pequeños hospitalizados. Fue él quien me dijo que el pueblo tenía una piscina municipal antes de la llegada de los eclesiásticos por lo que decidí ir a comer allí algo que llevaba desde la noche anterior en la mochila. Pasé una buena parte de la tarde allí. La piscina era realmente magnífica para un pequeño pueblo que no alcanza los 100 habitantes censados. Poco a poco fueron llegando los peregrinos extranjeros de mi albergue y vi como ellos se divertían juntos y me seguían ignorando, a pesar de hacer algún tímido acercamiento (también es verdad que les sacaba unos cuantos años). Cuando acabó la jornada de piscina, al ir a cenar a un bar pasó más de lo mismo, pude ver a todos juntos, tomando sus cervezas, hablando, riendo y yo, pues solito... pero en fin, había decidido hacer el Camino solo y esta era una de las posibilidades, aunque afortunadamente fue el único día en el que me sentí incómodo por estar solo y de los pocos días en los que lo estuve.




Continúa...

sábado, 22 de agosto de 2020

MI CAMINO DE SANTIAGO (VIII): ADIÓS A CARLOS

      

              Anterior


     Tras 6 jornadas caminando juntos, las 4 últimas sin nuestros amigos del grupo que hicimos el ramal aragonés (en la actualidad tenemos un grupo de whatsapp llamado con el "ingenioso" nombre de aragogrinos), llegó el momento de la despedida de Carlos. Tras un emotivo abrazo vi como se perdía rápidamente en la lejanía con su bicicleta y yo, de nuevo, caminaba solo, aunque al menos ya estaba recuperado de mi lesión en el aductor.

     A la salida del pueblo recuerdo que me llamó mucho la atención la portada del cementerio, que aunque erigida allí a finales del siglo XIX, era del siglo XII. 


Portada del cementerio de Navarrete (La Rioja)


     Muy pronto vi que otros peregrinos caminaban un trecho por delante de mi y no tardé en alcanzarles. Se trataba de un matrimonio andaluz y de un padre y un hijo canarios como Carlos, razón por la que habíamos mantenido una conversación el día anterior y que me sirvió para comenzar a caminar junto a ellos, si bien, la charla apenas duró unos kilómetros, los que había hasta Nájera, ya que ellos habían decidido hacer una jornada muy corta, de poco más de 16 kilómetros, y yo quería caminar algo más. No obstante, en Nájera descansé con ellos un buen rato compartiendo almuerzo en una cafetería.



     Antes de abandonar Nájera, y como no tenía ninguna prisa, me permití detenerme en el Museo Histórico Arqueológico Najerillense y visitar su colección y escuchar alguna de sus anécdotas, como que llegó a ser cárcel (me hizo gracia que en las entradas todavía figuraba el precio en pesetas 15 años después de la llegada del Euro, pero en fin, era un museo arqueológico...).



Museo Histórico Arqueológico Najerillense

     Llegué a Azofra antes de la hora de la comida.  Azofra estaba en fiestas y por la tarde pude disfrutar de una merienda popular y un ratillo de una verbena a media tarde que me dejó ganas de fiesta, pero pudo la responsabilidad y no me fui a acostar muy tarde. En el albergue, después de un rato solo (para descansar se agradece...) me tocó un compañero ya entrado en años y no muy hablador. No pude dormir mucho aquella noche entra la fiesta que se oía y los ronquidos de mi compañero. Curiosamente, él cuando se despertó dijo lo mismo. Uno de los dos mentía...


     A la mañana siguiente comenzaría mi decimotercera etapa, que tras algo más de 25 kilómetros me llevaría ya a tierras castellano y leonesas, concretamente hasta Redecilla del Camino (Burgos).

     Al poco de comenzar, me encontré con la chica croata de Viana, a la que había visto salir del albergue y con la que pude hablar un ratillo el día anterior. Nos intentábamos comunicar en inglés, ella lo hablaba perfectamente y yo, bueno... lo intentaba. Tomamos un café en Cirueña y al poco de volver a ponernos a caminar, ella, que andaba dolorida por unas ampollas, vio que a mi me costaba mucho mantener un paso tan pequeño, sobre todo en las bajadas, una vez recuperado de mi lesión y me pidió, insistió, en que siguiera adelante, puesto que además ella iba a acabar la etapa mucho antes. La verdad es que me daba pena dejarla sola, ya que no había mucha gente, pero finalmente la hice caso puesto que nos íbamos a tener que despedir pasada una hora y media lo más. Ya no nos volvimos a ver en todo el Camino, aunque si no recuerdo mal, ella no pretendía llegar a Santiago.


     Llegué a Santo Domingo de la Calzada, donde cantó la gallina después de asada, y antes de visitar la catedral, paré en un bar a tomar algo y entonces me llevé un gran susto, aunque nada tenía que ver con el Camino. Estaba pendiente de asuntos relacionados con el trabajo y de repente, ese día en el que salían listas de interinos, vi como yo había desaparecido del listado definitivo cuando en el provisional estaba todo correcto. Me tocó ponerme en contacto con mi hermana, que hiciera una alegación en mi nombre, explicándole paso a paso cómo hacerlo, un lío, vamos, que pudo poner en peligro la continuidad en el Camino, pero al fin se solucionó todo.

     Supongo que la mayoría de la gente que esto lee sabrá a qué me refería cuando hice el comentario sobre la localidad, lo de la gallina asada, pero por si acaso hay algún despistado aquí os dejo un enlace que cuenta la leyenda del famoso milagro del Santo.


          

Exterior e interior de la Catedral de Santo Domingo de la Calzada (La Rioja)


     Esa jornada fue de especial calor por lo que tuve que hacer varias paradas, entre ellas en Grañón, último municipio riojano. En Redecilla me encontré con otro de esos albergues especialmente generosos ya que solo había que pagar 5 € por el alojamiento y encima te daban de cenar y tan solo por la voluntad. La cena, por cierto, fue especialmente temprana, a las 6 de la tarde, ¡en pleno mes de julio!



     Entablé conversación con otros peregrinos, aunque en este caso eran burgaleses y solo iban a hacer alguna etapa en la provincia. Recuerdo que me pasó algo curioso... hablaron de poner una cantidad común bastante generosa como donativo por la cena y yo que había gastado algo más de lo habitual en las últimas jornadas estaba con lo justito, pero no me atreví a poner menos y me quedé prácticamente sin nada para tomar una cerveza con ellos en la terraza de un bar, aunque en estas que decidieron invitarme, por eso de que ellos eran 3 y ni siquiera tuve que mirar si realmente me llegaba o no para pagar en el bar.


     La siguiente jornada sería la primera después de mucho tiempo que la haría en solitario en todo momento. No tuvo por tanto mucho que contar. Después de los primeros 15 kilómetros, en los que pasé entre otros sitios por Villoria de Rioja, lugar de nacimiento de Santo Domingo de la Calzada (no, no lo hizo en el municipio que lleva su nombre) llegué a Belorado y lo primero de todo fue solucionar los problemas de "cash" antes de poder detenerme en una cafetería. En Belorado hay que pasar por una zona llamada "Paseo del Ánimo" donde podrás encontrarte en el suelo con las huellas de manos y pies de numerosas personalidades (y de otros anónimos) para de forma simbólica animarte a seguir. Algunos de los famosos que han dejado sus huellas son deportistas como Vicente del Bosque, Edurne Pasabán, Miguel Indurain o Fernando Romay (¡qué barbaridad de mano!), también periodistas como Rosa María Calaf o Carlos Herrera, amante confeso del Camino, científicos como Eudald Carbonell, antropólogo del yacimiento de Atapuerca o el actor Martin Sheen, que tiene en su haber una de las películas más famosas sobre la ruta jacobea, "The way", dirigida por su hijo, Emilio Estévez, del que también podréis encontrar sus huellas.



Huellas de Rosa María Calaf


     La jornada terminaría en Villafranca Montes de Oca y allí decidí ir a un albergue que tenía muy buena pinta, el de San Antonio Abad, y que, efectivamente, no me defraudó para nada, de hecho, estaba asociado con un hotel de 3 estrellas.

     Como era domingo y justo cumplía 2 semanas de camino, decidí darme un pequeño lujo y comer en el restaurante del hotel como "un señor". Y después de comer, tomar café y descansar... me encontré una vez más, después de muchos días, con las superabuelas francesas con las que pude volver a tener una agradable charla.



Continúa...


domingo, 2 de agosto de 2020

MI CAMINO DE SANTIAGO (VII): LA MAGIA DE VIANA

   
                Anterior

     La décima etapa supondría cambios importantes en la planificación de las etapas, al menos desde el punto de vista de las etapas habituales en las principales guías y páginas webs. Ya sabéis, los que habéis leído mis anteriores entradas, que yo me guiaba por la página web gronze.com. En todo caso, la ruta es algo muy vivo y los cambios de planes son imprevistos, necesarios y hasta divertidos.

     La etapa habitual nos tendría que haber llevado hasta la capital riojana, Logroño, sin embargo, mis molestias supusieron que acortáramos la misma a poco más de 17 kms. y terminásemos todavía en tierras navarras, ya que decidimos pernoctar en Viana, nombre con mucha historia (da nombre a uno de los títulos que ostenta el/la heredero/a de la Corona de España, Príncipe de Viana, Princesa en este momento, además del más conocido de Príncipe/Princesa de Asturias, desde el siglo XVI, aunque el título se estableció en el primer cuarto del XV).

     La marcha hasta Viana no tuvo, que ahora recuerde, nada de particular. Pasamos por los pequeños municipios de Sansol y Torres del Río. Carlos, en su 5ª jornada caminando, iba reclamando bicicleta, algo que apenas había hecho en las etapas anteriores y aprovechaba alguna bajadíta para probar la velocidad.


Iglesia de San Zoilo en Sansol (Navarra)

     Llegamos bastante pronto a Viana, poco después de mediodía, y ahí tuvimos que decidir a que albergue dirigirnos. Carlos apostaba por uno perteneciente a la parroquia y que era gratuito. Yo prefería ver alguno de los privados aunque hubiera que pagar algo, al fin y al cabo, en los gratuitos das la voluntad y no varía mucho de los privados "normales". Finalmente, Carlos se hizo con la suya y fuimos allí, y aunque a mí no me dio la mejor de las impresiones, no nos atrevimos a decir que no nos quedábamos. Sin duda alguna fue el albergue más modesto de todo el Camino, de hecho dormimos en colchonetas en una única sala para chicos; había otra para chicas. Los albergueros, entre ellos un sacerdote o eclesiástico italiano, nos indicaron que había una cena comunitaria, también gratuita, al igual que el desayuno al día siguiente. Tras ducharnos (solo había una ducha minúscula en cada uno de los aseos, chicos  y chicas, por supuesto), salimos a pasear por el pueblo. Tras quitarte las botas, volverte a calzar y bajar las estrechas escaleras del albergue era un suplicio, aunque luego el dolor remitía.


Curioso contenedor de reciclado con "Las Meninas" de Velázquez en Viana

     Viana estaba en vísperas de fiestas y se notaba, además de por las talanqueras para los encierros, en el ambiente del pueblo, con mucha gente en las terrazas. Como mi lesión en el aductor no remitía, me decidí por buscar una clínica de fisioterapia, pero para mi desgracia no me pudieron atender en ninguna, y es que la gente quería pasar por el "taller" para estar bien para las fiestas, ¡qué raro!

     Como última opción, entré en una farmacia y tras explicarle mi dolor y que no podía tomar antiinflamatorios, me recomendó una crema que resultó una maravilla, mano de santo que se dice, y que por supuesto sigo usando hoy con cada dolorcillo.

     En la cena comunitaria en el albergue se dio una curiosa casualidad, yo era el único español peninsular, pues aparte de Carlos, canario, el resto de peregrinos/as eran extranjeros. Recuerdo a una chica croata con la que caminaría unos días después un tramo y también 2 jovencísimas francesas o belgas, de tan solo 17 años, ¡qué valor el suyo, y de sus familias, para adentrarte en una aventura fuera de tu país a esa edad y solas!

     Tras la cena se produjo uno de esos momentos mágicos que  no te imaginas y siempre recordarás del Camino. Nos invitaron a acceder desde el albergue a través de una "puerta y pasillo secreto" a la parroquia de Santa María, directamente al coro y allí cada uno encendimos una vela que nos habían dado, pues la iglesia estaba vacía y sin luz. Allí nos invitaron a hacer unas oraciones y cantos, voluntarios por supuesto, y se produjo esa magia de escuchar canciones eclesiásticas en francés, alemán, italiano, polaco... muy bonito, más allá de las creencias de cada uno. Creo que solamente por esto mereció la pena la incomodidad de dormir en una colchoneta de apenas 5 cm sobre el suelo.

               

Portada e interior de la Parroquia de Santa María de Viiana 
(foto propia y de verpueblos.com, respectivamente)

     La siguiente jornada, undécima mía si contamos con el prólogo, sería la última que caminaría con Carlos, ya que al tener billete de avión de vuelta, tenía que ponerse a marchar en bicicleta si quería llegar a Santiago.

     Hicimos buena parte del tramo hasta Logroño en compañía de una peregrina andaluza, residente en Barcelona. A la entrada en Logroño, tras pasar por una zona industrial, nos encontramos a una señora que te sellaba la credencial y que vendía refrescos e higos. Al parecer era la hija de otro de esos personajes emblemáticos del Camino, Felisa la de los higos, al igual que Pablito, el de las varas, en Azqueta.

     Tomamos algo en la terraza de un bar frente al parlamento riojano y nos despedimos de la compañía de la peregrina, que prefería pasar la jornada allí y disfrutar de los pinchos de la calle del Laurel. Acostumbrados a pasar por pequeñas localidades, atravesar Logroño se nos hizo un poco largo. Dedidimos que acabaríamos la jornada en Navarrete, unos 12 kms después. Allí nos encontramos con otro de esos albergues que merecen bastante la pena, con 4 habitaciones de 6 literas, baños en cada habitación, un gran comedor y cocina con todos los útiles para cocinar, máquina de café y café de puchero gratis.



                 

Albergue municipal de Navarrete y habitación
 (fotos de alberguescaminosantiago.com y bicigrino.com, respectivamentete)

     Y allí también estaba de nuevo él, Thomas, con el que ahora sí tuvimos la oportunidad de hablar y nos resultó bastantes simpático (ya había bebido algo). Nos contó que llevaba casi 2 años caminando y que había hecho bastantes Caminos, el de la Plata, el Primitivo... y es que el Camino estaba siendo para él su salvación ya que había estado en otro mundillo en el que además del alcohol, había estado presente las drogas, violencia, prostitución... Al parecer, cuando llegase a Santiago su intención era comenzar un larguísimo camino hasta otra de las ciudades Santas, nada más y nada menos que Jerusalén.