domingo, 26 de julio de 2015

SERIAL BOOKS



   Hoy traigo hasta aquí el último descubrimiento en esto de las nuevas formas de hacer literatura o mejor dicho de transmitirla. En esta ocasión se trata de una página web llamada Serial Books en la que te vas a poder encontrar tal y como se dice en la propia página "historias escritas por temporadas y en formato serie", es decir, historias que vas a poder ir leyendo por entregas semanales, de alguna manera, como a mí me gusta decir, un tanto al estilo de los antiguos folletines (aunque no estrictamente), algo parecido a lo que yo estoy haciendo desde esta bitácora con mi "Enmascarado".

   La página la he descubierto gracias a uno de los autores a los que podéis leer en Serial Books, Roberto Martínez Guzmán, del que ya me habréis oído hablar aquí mismo, pues son 2 las reseñas que he realizado de sus obras: "Muerte sin resurrección" "El día que Blancanieves cogió su guitarra". En esta ocasión, Roberto nos regala una nueva historia de la inspectora Eva Santiago, protagonista de "Muerte sin resurrección" con su "Café y cigarrillos para un funeral". Pero además de a Roberto, que ha cosechado un importante éxito con su novela en Amazon, en España y también en el extranjero, podrás leer a otros autores con más o menos experiencia e incluso noveles, de los que puedes saber un poquito más, pues la página también te cuenta algo de lo que están haciendo o han hecho anteriormente. 

   En Serial Books la suscripción es gratuita y está pensada para que puedas ir leyendo en función del tiempo del que dispongas, pues hay historias en las que cada entrega apenas te llevará unos 5 minutos hasta otras, las más largas, en la que le tendrás que dedicar unos 20, pudiéndolas además valorar y comentar si quieres. 

   En estos momentos, esta web, que además tiene un diseño muy interesante (me encantan sobre todo las portadas de cada una de las historias) cuenta con 7 "seriales" de diferentes temáticas o categorías (policiaca, comedia, relatos, no ficción, novela en general). Yo en estos momentos estoy leyendo, además de ese "Café y cigarrillos para un funeral" historia que nos narra la investigación de Eva Santiago para encontrar al posible asesino de Delfín Sánchez, un médico al que le han anunciado la fecha de su muerte, de su asesinato en realidad, coincidiendo exactamente (día y hora) con la de su cumpleaños, otra obra titulada "Un Rembrandt en la basura" de Antonio Cardiel, donde se nos narra como el encuentro fortuito en un mercado callejero de un pequeño dibujo atribuible al famoso pintor holandés va a suponer a su comprador el comienzo de numerosos problemas para él y su familia, entre ellos la muerte de su esposa. 



   Si quieres acercarte hasta estas o cualquiera de las otras 5 disponibles en este momento: "El decodificador de señales" de Alexis Díaz; "La isla" de Doris Castellanos; "1936. La última apuesta" de Aitor Estalayo; "Más allá todo está oscuro" de Luis Acebes y "El regreso de los Héroes" de Llorenç Castañer, solo tienes que visitar la página pinchando en el enlace que dejé arriba. Os lo recomiendo.


viernes, 24 de julio de 2015

ENMASCARADO (XVII). CAP. 4: MAGDALENA Y EL SEÑOR BUENDÍA





IV


   Amaneció con un día típicamente de invierno, de ese invierno duro de la zona centro del país, que en Guadalajara se ceba con gusto. Despejado pero con temperaturas bajo cero, con muchos grados bajo cero. En la radio decían que la culpa la tenía el anticiclón siberiano y que el muy cabrón –eso no lo dijeron en la radio– se iba a quedar ahí quietecito durante unos cuantos días, o sea que había que atarse los machos y aguantar el frío. 

   Llegó pronto a la oficina, puesto que antes de visitar al señor Buendía tenía que avanzar la investigación de un segundo caso que iba a llevar. Posteriormente vendría la operación “maquillaje” que cada vez requería menos tiempo y coger el New Beetle para esperar a ese indeseable. Al salir de los vestuarios se cruzó con Magdalena, que ya se marchaba. Le sonrió de una forma muy seductora, lanzándole un pequeño beso al aire.

   Al observar ese gesto no pudo por menos que sonreír, si bien unos segundos después se estaba preguntando a qué coño estaba jugando. La verdad es que era una verdadera lástima verla con la cara pintada de verde, y es que, aunque la chica, con su cuerpazo y esa blanca sonrisa seguía siendo maravillosa, no era lo mismo. De todas formas, últimamente Nico se sentía confundido y no sabía si después de lo que le había dicho aquel día en su cocina, debía de decirla algo o no.

   Pasadas las diez y media de la mañana llegó a la puerta del chalé de Miguel Buendía y como el día estaba como estaba decidió que esperaría dentro del coche. El moroso decidió hacerle esperar casi hora y media, no apareciendo hasta media mañana. Al salir con el coche pudo ver primero su cara de sorpresa e inmediatamente la de cabreo. No oyó el insulto que seguro le dijo. Aceleró su Audi A4 provocando casi un derrape. Comenzaba lo divertido. Tocaba seguirle donde quisiera que fuese. Buendía tomó la M-506, buscando la A-3 en dirección Rivas-Vaciamadrid. La persecución hasta entrar en la capital fue relativamente fácil ya que no estaban en hora punta. Seguro que el señor Buendía no esperaba encontrarse con un conductor tan avezado como Nico, y eso a pesar de que el coche de este no contaba con las prestaciones que tenía el del moroso. Sin embargo todo cambió cuando entraron en Madrid. El tráfico de la ciudad, semáforos y peatones, el callejeo, le puso las cosas muy difíciles, sin embargo hubo algo que le haría perderle definitivamente... Itahisa. 

   Tres meses, habían pasado casi tres meses desde la última vez que la había visto y de repente, cuando menos se lo esperaba y cuando menos necesitaba que apareciera, ahí estaba ella. 

   Buendía se había saltado el semáforo en rojo. Nico no iba a ser menos, no quería perderle en su primer día de persecución. No sabía de dónde había aparecido, pero de repente tuvo que frenar bruscamente. Nunca le resultó más dulce que le llamasen gilipollas. Hacía tres meses que no escuchaba su dulce acento canario. Ella no le conoció, ¿cómo iba a hacerlo con la cara pintada de verde?

   Salió de la turbación en que le había dejado Itahisa gracias al bocinazo del coche que se situaba por detrás cuando el semáforo se puso del color de su cara. No había rastro del A4 de Buendía. Lo había perdido. 

   Por un momento pensó en volver de nuevo a la oficina, sin embargo cambió de opinión y decidió hacer una visita a “Saturday Night Fever” la discoteca de Buendía, a sabiendas de que estaría cerrada. Dejó el coche donde pudo –y donde pudo no era precisamente cerca de la puerta de la discoteca–. Esperó casi dos horas, dos horas que le parecieron diez debido al frío. Dos horas en las que constantemente se estuvo preguntando si no se habría equivocado, pero no, no se había equivocado, la espera mereció la pena. La cara cerduna del moroso al verle en frente, saludándole con el sombrero, compensaba el precio pagado.




sábado, 18 de julio de 2015

ENMASCARADO (XVI). CAP. 4: MAGDALENA Y EL SEÑOR BUENDÍA






III


   Era inevitable. Cada vez que llegaban a esa parte de su trabajo y salían a la calle causaban expectación, claro que, en eso consistía precisamente parte del mismo, en captar la atención de la gente, en que les mirasen, en que la gente se riese, les señalase y que posteriormente se dieran cuenta de que seguían a una persona en concreto para así provocar la indignación del susodicho, la indignación del moroso al que seguirían casi día y noche, al que esperarían en la puerta de su domicilio, en la salida de su trabajo, incluso –y aunque el código ético de la empresa dijese lo contrario– hasta cuando saliesen a divertirse con otras personas. 

   Al principio, tanto a Nico como al resto de los agentes –al menos a la mayoría– les costaba asumirlo, pero como todo en la vida, después de unas cuantas actuaciones acababan por acostumbrarse. La primera vez –porque no es lo mismo saber que tienes que hacer algo un tanto vergonzoso que hacerlo finalmente– estuvo por mandarlo todo a la mierda. Recordó haber cogido el teléfono varias veces para llamar a Don Anselmo y decirle que renunciaba, que sentía mucho fallarle pero que no era lo suyo; pero tantas veces como lo cogió, tantas veces lo tiró a la cama sin que esa llamada se produjese. En más de una ocasión se dijo a sí mismo –Nico, tú te has visto, Nico, dónde está el empresario de éxito de hace apenas unos meses, Nico, a dónde coño diriges tu vida–. Aquella primera vez tardó cerca de tres horas en vestirse y maquillarse, para desesperación de Magdalena, que siempre asumía el reto de ayudar a los nuevos en ese momento de tantas dudas, sin embargo ese mismo día, sólo unas cuantas veces después de aquel primero, en apenas media hora estuvo listo.

   Detenido en los semáforos procuraba no mirar a los lados, pero no siempre podía evitarlo, y entonces ocurría lo mismo, siempre encontraba las mismas caras, la de sorpresa o la sonriente. No era para menos, un tío vestido con un traje amarillo, la cara pintada de verde y los labios bien rojos, en un coche amarillo que lleva pintado en el capot y en las puertas un tío con traje amarillo, sombrero amarillo con una pluma, la cara verde y los labios bien rojos con una lengua kilométrica, no podía por menos que causar sorpresa o provocar una sonrisa, por no decir una carcajada. Después era cuando leían el nombre de la empresa “La Máscara, cobro de morosos, S.A.” y se decían –¡ah, la Máscara, como la peli de Jim Carrey!

....................

   Llegó a la vivienda de Miguel Buendía bien pronto, por lo que no cabía la posibilidad de que hubiese salido, más cuando tenía comprobado que su nuevo amigo no era precisamente madrugador; supuso que eso era inherente a su trabajo nocturno –o como le decía Arturo cuando le veía mala cara por haber estado de fiesta, daños colaterales–. Aparcó justo en frente de su puerta, pero no salió del coche hasta un buen rato después. No tenía ninguna prisa, o sea que no se le ocurrió ninguna cosa mejor que esperar escuchando a su admirado Frank Sinatatra –bueno, escuchando y cantando–. Un buen rato después decidió estirar las piernas y salir del coche. Se quedó apoyado con la ventana abierta para poder seguir disfrutando de la música, entonces fue cuando recibió la primera visita. Rápida, e inexplicablemente, intuyó por sus ladridos que La Voz no era de su agrado. Por su cara de extrañeza, Nico parecía pensar que nunca se hubiese imaginado que a un mastín no le pudiese gustar Sinatra. Supuso que el muy animal pensaría que un tipo tan duro como él como mínimo tenía que escuchar ACDC o Escorbuto. El caso es que los ladridos provocaron que se asomase una vecina y que apareciera la preciosa chica de servicio que días antes le había atendido en la puerta –mientras, en el reproductor de cedés del vehículo, con unos tranquilos compases de bossa nova, sonaban aquellos versos de la Chica de Ipanema que decían… 


¨Tall and tan
and young and lovely,
the girl from Ipanema
goes walking;
and when she passes,
each one she passes goes –ahhh– […] [1]


   La chica se le quedó mirando mientras tranquilizaba al perro acariciándole en el lomo y la espalda. Evidentemente no le reconoció vestido de aquella estrafalaria forma –aunque supuso que el hecho de llevar pintada la cara de verde tendría algo que ver–. Tras unos segundos muy, muy largos y, viendo que el tipo raro la miraba pero no decía nada se dio la vuelta animando al mastín –de nombre Colt– a que la siguiese. Al darse la vuelta pudo volver a comprobar cómo meneaba sutilmente sus hermosas caderas no pudiendo por menos que entonar muy suavemente –como si fuera el mismísimo Tom Jobim– los compases que seguían sonando de aquella canción…


[…] Olha que coisa mais linda, mais cheia de graça;
é ela, menina que vem e que passa,
num doce balanço a camino do mar…
Moça do corpo dourado do sol de Ipanema,
o seu balançado é mais que um poema;
é a coisa mais linda que eu já vi pasar […] [2]




   Pasaron poco más de de diez minutos hasta que el señor Buendía tuvo el placer, o no, de hacer acto de presencia. Unos metros antes de llegar a la puerta pudo comprobar por su forma de gesticular que venía bastante cabreado, probablemente incrédulo, después que la chica de Ipanema –como a partir de aquel momento decidió llamar a la guapa criada– le dijese que un tipo con la cara verde y un traje amarillo chillón estaba enfrente de la puerta sin moverse. Buendía pudo comprobar que no le habían mentido. Se le quedó mirando durante casi medio minuto hasta que por fin dijo:

   –¡No juegues conmigo, no sabes quién soy yo! 
   –Creo que se equivoca –dijo Nico muy tranquilo– es usted el que no sabe quién soy yo. Si lo supiese, sabría que cuando trabajo, lo hago muy bien, y por tanto sé perfectísimamente quién es usted. Usted es don Miguel Buendía, la persona que tiene una deuda con los señores Echevarría por valor de catorce mil ciento dieciocho euros con sesenta y cuatro céntimos. Cuando quiera resolver este asunto, llámeme al número que aparece en la tarjeta que el otro día le dejé sobre la mesa. Mientras tanto, esto es lo que hay…

   Miguel Buendía, desde detrás de la puerta metálica, hizo el gesto de levantar la mano apuntándole con el dedo con la intención de decir algo más, sin embargo desistió, se dio la vuelta y volvió hacia la casa. El fiel Colt –que había sido testigo de la conversación– le siguió sin siquiera decir un ladrido más alto que otro. Nico mantuvo la mirada fija en la retirada, aunque la vista no era tan agradable como un ratito antes. Se quedó unos cuantos minutos más, comprobando que la vecina que supuestamente estaba tendiendo la ropa y que había ladrado menos que Colt, había estado bien atenta a todo lo que allí había pasado y seguía haciéndolo. De eso se trataba, de que pudiera chismorrear después. Consideró que por ese día había sido suficiente, al día siguiente habría más.

continuará...





[1] Alta y morena, joven y hermosa, la chica de Ipanema va caminando; y cuando ella pasa, cada uno que pasa hace -ah- […] “The girl from Ipanema”. Frank Sinatra con Tom Jobim
[2] […] Mira que cosa más linda, más llena de gracia, es ella, chica que viene y que pasa, con un suave balanceo camino del mar; moza de cuerpo dorado por el sol de Ipanema, su balanceo es más que un poema; es la cosa más linda que yo vi pasar[…] “The girl of Ipanema”. Frank Sinatra con Tom Jobim

domingo, 12 de julio de 2015

DISTINTAS FORMAS DE MIRAR EL AGUA (Julio Llamazares)


TÍTULO: Distintas formas de mirar el agua
AUTOR: Julio Llamazares
AÑO: 2015
EDITORIAL: Alfaguara
+ INFO: Última obra de este autor leonés que ha cultivado con éxito diferentes géneros: poesía, novela, cuentos, ensayo, libro de viajes..., y que ha recibido diversos premios, siendo además doble finalista del Premio Nacional de Literatura. Algunas de sus obras más conocidas son "El río del olvido", "La lluvia amarilla" o "Las lágrimas de San Lorenzo"




   Aunque no he dejado de actualizar semanalmente este blog, también es cierto que hacía mucho que no me ponía a escribir "en directo", sino que últimamente me he limitado a publicar esa novela que lleva por título "Enmascarado" y que espero que os esté gustando. Tenía ya ganas de volver a escribir un post, y he pensado que qué mejor manera que volver a escribir una reseña sobre el último libro que he leído, este "Distintas formas de mirar el agua" de Julio Llamazares.

   Se trata de una novela coral, de lectura muy rápida y bastante amena. Una obra de gran simpleza argumental, pues narra como los miembros de una familia se reúnen para despedir al abuelo, recientemente fallecido, y esparcir sus cenizas en el pantano que anegó el pueblo que le vio nacer y al que no quiso volver en vida. A partir de ahí, narrado en primera persona y en forma de monólogo, cada uno de los miembros de dicha familia, la viuda, los hijos, nueras y yernos, nietos, novios y novias de estos, nos cuentan sus sentimientos y pensamientos acerca del fallecido, del antiguo pueblo y el entorno físico del pantano. Son narraciones, que aparentemente se van repitiendo, pero en las que poco a poco vas descubriendo más y más sobre el personaje principal, el abuelo (un hombre de esos que se dicen de otro tiempo, dedicado a la agricultura, cuya máxima motivación era el trabajo y sacar a su familia hacia delante y poco más) y sobre los distintos miembros de la familia. Es por esta redundancia de recuerdos, que a su vez son distintos, marcando la personalidad de cada uno de los personajes, que el título de la obra es el de "Distintas formas de mirar el agua". 

   Se puede decir que, aunque a partir de la voz de sus personajes, Llamazares sabe bien de lo que habla, puesto que él nació en uno de esos pueblos inundados por ese mismo pantano de su novela, Vegamián (León), mencionado en la obra, si bien los personajes eran oriundos del pueblo vecino, Ferreras.

   La obra, me ha recordado en parte, a otra de la que aquí os he hablado "Ayer no más" del también leonés Andrés Trapiello, no tanto por el argumento (aunque también trata el tema del recuerdo de un hecho pasado y un anciano) sino por la estructura de los capítulos y esa forma de narrar en primera persona a partir de diferentes personajes, si bien en la obra de Trapiello no se nos indica quién es el que habla, aunque rápidamente se sabe, y las intervenciones de los personajes son múltiples, mientras que en la de Llamazares cada personaje lo hace una sola vez y se sabe quién esel que habla, puesto que el capítulo lleva por nombre el del personaje. 

   Leyendo algunas de las opiniones sobre este libro de otros blogueros he visto que estas son bastante contrariadas, habiéndolas de lectores, que como a mí, sí les ha gustado el libro, y otras que son bastante críticas, fundamentalmente por algo con lo que en cambio sí estoy de acuerdo y es que la voz de los personajes es muy similar a pesar de ser de diferentes sexos, edades, procedencias... Muchos de estos críticos lo son porque comparan esta obra con otras que consideran mucho mejores del autor. Yo no puedo hacerlo, puesto que es la primera novela que leo de Llamazares, aunque sí había leído un cuento que se ha convertido en importante para mí por algo que espero algún día pueda contar... En todo caso, sí que me gustaría comentar que he tenido la suerte de poder charlar durante unos minutos de aquel cuento, de mi libro y de un proyecto propio futuro con el autor (que hasta me dio su correo electrónico) y que se portó de forma magnífica con cada uno de sus agradecidos lectores, durante la pasada Feria del libro de Madrid, donde me firmó el ejemplar que adquirí con una dedicatoria muy bonita que dice "Para Javier Rodríguez, que mira el agua como yo. Con mi cristal".




viernes, 10 de julio de 2015

ENMASCARADO (XV). CAP. 4: MAGDALENA Y EL SEÑOR BUENDÍA





II



   Nico era de esas personas que creía que las cosas había que explicarlas bien explicadas, con todos los detalles posibles –o como él decía, como Dios manda– sin embargo, en la reunión de aquella mañana, Don Anselmo, que ya empezaba a conocer al que él creía llamarse Ismael Moreno, le pidió que concretase –o como hubiese dicho Magdalena– que fuese al grano, pidiéndole que se saltase los detalles superfluos. 

   Procuró ser obediente detallando solo los datos precisos, sin embargo, a Nico le hubiese gustado contar que Miguel Buendía le había recibido en la pequeña oficina que tenía en la segunda planta de su vivienda, y que una vez visto aquella de forma superficial y sin fijarse en todos los detalles, no pudo por menos que cambiar de opinión con respecto a lo que había visto por fuera. Pensó que no siempre la gente con dinero tenía buen gusto. El señor Buendía no estuvo nada receptivo –que se diga– pues no sólo no se levantó de su asiento para recibirle sino que tardó incluso en ofrecerle asiento. También que había habido unos segundos de silencio, los que pasaron desde que Nico se sentó hasta que él dejó de leer un periódico deportivo y apagó un enorme televisor de plasma con el mando a distancia. Se había presentado. No hubo apretón de manos. Al decir el nombre de la empresa, Buendía, en primer lugar, contestó con un tono chulesco ¿la más qué…? Para posteriormente volver a preguntar ¿cobro de morosos?

   Le explicó los motivos de su visita; los señores Echevarría, de “Echevarría, comercializadora de bebidas y alimentación, S.L.” habían requerido los servicios de la firma para la que trabajaba, “La Máscara, cobro de morosos, S. L”, para cobrar una deuda que según la documentación aportada por la empresa –y que la señora Echevarría, recordó Nico el momento de la oficina, había relatado al detalle– ascendía a catorce mil ciento dieciocho euros con sesenta y cuatro céntimos, referidos a todo un conjunto de pedidos a lo largo de los últimos diecinueve meses, cuyas copias de albaranes le presentó allí mismo.

   Miguel Buendía se había levantado de la mesa indignado, y alzando la voz invitó a salir a Nico de su casa, asegurándole que nadie tenía los cojones tan grandes como para llegar hasta allí a insultarle. Ante su insistencia, comentó que para nada creía que fuese esa la cantidad adeudada y que los asuntos los resolvería él directamente con la vieja. Fue entonces cuando trató de explicarle que le gustaría concertar otra visita en un par de días para ver si podían resolver ese desafortunado asunto porque de lo contrario tendrían que utilizar otros métodos que seguro le resultarían más incómodos.

   -¡Vete a la puta calle, cabrón de mierda! –contestó gritando Miguel Buendía–, ¡ni tu ni nadie me amenaza en mi casa!

   Nico obedeció, como no podía ser de otra manera. Al llegar al coche no pudo por menos de recordar el día en que durante los cursos de formación para comenzar a trabajar en la empresa les comentaron los distintos tipos de deudores que existían, a saber, los que asumían la deuda, los morosos circunstanciales, el deudor chulo y agresivo, el moroso intencional y profesional, etc. Sin duda alguna, Miguel Buendía era un moroso intencional y agresivo. –Veremos durante cuánto tiempo mantiene esa actitud, terminó pensando.

continuará...


viernes, 3 de julio de 2015

ENMASCARADO (XIV). CAP. 4: MAGDALENA Y EL SEÑOR BUENDÍA




I


   La reunión semanal estaba a punto de comenzar, de hecho debería haber empezado ya. La sala de juntas en ese momento, a falta de los tres dueños de la empresa, que incomprensiblemente se estaban retrasando, era un hervidero de comentarios acerca de cómo había transcurrido el fin de semana, de jugadas polémicas en el importante partido de liga del día anterior, de celebraciones familiares, pequeños viajes, fiestas a las que se había acudido, libros que se estaban leyendo… Por momentos, el tono de las voces decrecía, para unos segundos después, y de forma contagiosa de unos a otros, volver a alzarse.

   Nico se encontraba de pie junto a Ernesto, el compañero con el que hasta ese momento mejor había congeniado, sin embargo, no dejaba de mirar –aunque con miradas furtivas– a Magdalena, la única mujer que cada lunes se sentaba a departir como se afrontaba la semana de trabajo. Magdalena, por el contrario, no disimulaba sus miradas.

   Aquel era el momento de la semana en el que más tiempo pasaban juntos, pues el trabajo les llevaba a cada uno por su lado, lo que no quitaba para coincidir en los pasillos o entablar alguna mínima conversación en cualquiera de los despachos. Lo que más le gustaba de ella, aparte de su gran sonrisa y dentadura perfecta, era su look rubio basado en un corte de pelo muy, muy corto –casi rapado por detrás de la cabeza y los laterales– que dejaban vislumbrar a la perfección un grácil y largo cuello blanquecino. Cada vez que pensaba en su cuello, no podía por menos de recordar los besos y mordisquitos con los que se había recreado, apenas hacía dos semanas, cuando se fueron a la cama juntos tras la fiesta que sucedió a la cena navideña de empresa, y mucho menos cuando al día siguiente, bien entrada la mañana, ella se levantó de la cama pensando que él dormía, se vistió con una camiseta de los Chicago Bulls que apenas le cubría las nalgas y se fue a preparar un frugal desayuno. Apenas unos minutos después la había sorprendido abrazándola y alzando la roja camiseta de baloncesto por encima de sus caderas para inmediatamente comenzar a volver a hacer el amor sobre la encimera de la cocina. A esos recuerdos, invariablemente le sucedía otro, las palabras de Magdalena un rato después –casi jadeantes todavía– diciendo que había sido un error, y que no quería tener ninguna relación con ningún compañero de trabajo; sin embargo, porqué de esas miradas… 

   El pensamiento quedó interrumpido con la entrada de Don Anselmo, seguido de Don Miguel y del hijo de este, Carlos; socios y dueños de la empresa. Inmediatamente, cada uno de los nueve agentes de La Máscara, se sentaron a la mesa, acallando sus conversaciones. Nico –último en incorporarse a la empresa– pensó que algo raro debía estar pasando, pues los dueños nunca se retrasaban, sin embargo, la reunión comenzó con toda normalidad.

   –Muy buenos días, señores, señorita –comenzó a decir Don Anselmo, que siempre tomaba la iniciativa a la hora de comenzar las reuniones–, antes que nada, espero puedan disculpar la tardanza y que hayan tenido un buen fin de semana. –Acentuó especialmente la mirada en Magdalena, como muestra de lo que él entendía como un ejemplo de caballerosidad–. Sentía un gran aprecio por ella. En un principio fue remiso a contratarla. No estaba muy seguro que pudiera ser un trabajo para una mujer, e intentó convencerla para que aceptase un puesto de teleoperadora, como el resto de chicas empleadas por la empresa, pero ante la insistencia de Magdalena en que ella había acudido por el puesto de agente de cobro anunciado en prensa y la seguridad con la que aseguraba estar perfectamente capacitada, acabó accediendo. No le había defraudado, Magdalena se había convertido probablemente en su mejor agente. Tan sólo le veía un pero, Don Anselmo –muy conservador– pensaba que era un poco ligerita de cascos, pero al fin y al cabo, eso era su vida privada y mientras eso no influyese en la empresa o en los resultados que la chica obtuviese lo dejaría pasar. Todos respondieron al unísono con un bien, gracias.
   –Bien, pues empecemos, que ya llevamos un buen retraso. Magdalena, comenzamos por usted. Estaba con el asunto del constructor de Leganés, ¿cómo está eso?

   El asunto del constructor de Leganés –como decía Don Anselmo– era uno de los típicos asuntos que la empresa estaba tratando últimamente. El boom de la construcción inmobiliaria de los últimos años parecía haber acabado y muchos empresarios estaban empezándolo a pasar mal al no poder sacar adelante las promociones de viviendas en las que tanto habían invertido. El caso que estaba llevando Magdalena solamente se diferenciaba en que su constructor no era un gran constructor sino uno de esos pequeños que estaban aprovechando el momento, habiendo obtenido un buen resultado con las primeras promociones y que se había encontrado con la crisis del ladrillo justo en el momento en que había decidido arriesgar al máximo construyendo más que en los últimos tres años juntos. Había sido denunciado ante La Máscara por un empresario de fontanería al que le había dejado –como le gustaba decir de forma malévola a Magdalena– empantanado, al no cobrar más que tan solo una parte de todo el material que este había instalado en las ahora casas vacías del constructor.

   –Creo que el asunto está a punto de resolverse –comentó Magdalena–. La verdad es que no me ha aguantado mucho la presión, y eso que al principio iba de gallito. Tan solo me ha hecho falta tres visitas. He quedado con él para pasado mañana a medio día. Me ha prometido pagar al menos el cincuenta por ciento de la deuda si le dejaba de molestar y le dábamos unos plazos razonables para conseguir pagar la otra mitad de la deuda. Hablé con nuestro cliente y está dispuesto a aceptar. Supongo que al menos quiere pillar algo, por si acaso.
   –Está bien, siga así. En cuanto cobre esa parte le pasa la parte proporcional de la factura correspondiente al fontanero. Por cierto, señorita, no le importaría expresarse en esta mesa con más corrección.
   –¡Don Anselmo, no me venga ahora con esas monsergas, que ya sabe como soy!, además, ¿qué es lo que dije que no le ha gustado, lo de pillar? ¡Menuda bobada en comparación con otras pasadas que me he pegado otras veces!, ¿no cree?
   –Tiene razón, no podré nunca con usted, la dejo por imposible. Le pido corrección al hablar y me dice monsergas, bobada, pasadas… ¿qué más términos de los bajos fondos ha utilizado?
   –¡Uy, los bajos fondos, que bueno ha sido eso! –dijo Magdalena riendo, aunque con una risa que duró apenas un par de segundos, ante la mirada asesina de Don Miguel, que no la tenía la misma simpatía que su socio, y la incredulidad de sus compañeros de mesa, a pesar que estaban ya acostumbrados a sus confianzas. 

   La reunión siguió adelante. Cada uno de los agentes fue exponiendo como se encontraban los casos en los que estaban trabajando con la aquiescencia o los reproches de los directivos y dueños de la empresa. No destacaba nada especialmente, salvo el caso que estaba llevando Ernesto, que puso en conocimiento las quejas por las molestias recibidas que había realizado una señora separada, asegurando que a pesar de ser ella la persona que figuraba como dueña de la empresa deudora, no sabía nada del negocio, que realmente gestionaba el cabrón –como ella lo definió– de su ex marido. Entonces llegó el turno de Nico.