viernes, 24 de julio de 2015

ENMASCARADO (XVII). CAP. 4: MAGDALENA Y EL SEÑOR BUENDÍA





IV


   Amaneció con un día típicamente de invierno, de ese invierno duro de la zona centro del país, que en Guadalajara se ceba con gusto. Despejado pero con temperaturas bajo cero, con muchos grados bajo cero. En la radio decían que la culpa la tenía el anticiclón siberiano y que el muy cabrón –eso no lo dijeron en la radio– se iba a quedar ahí quietecito durante unos cuantos días, o sea que había que atarse los machos y aguantar el frío. 

   Llegó pronto a la oficina, puesto que antes de visitar al señor Buendía tenía que avanzar la investigación de un segundo caso que iba a llevar. Posteriormente vendría la operación “maquillaje” que cada vez requería menos tiempo y coger el New Beetle para esperar a ese indeseable. Al salir de los vestuarios se cruzó con Magdalena, que ya se marchaba. Le sonrió de una forma muy seductora, lanzándole un pequeño beso al aire.

   Al observar ese gesto no pudo por menos que sonreír, si bien unos segundos después se estaba preguntando a qué coño estaba jugando. La verdad es que era una verdadera lástima verla con la cara pintada de verde, y es que, aunque la chica, con su cuerpazo y esa blanca sonrisa seguía siendo maravillosa, no era lo mismo. De todas formas, últimamente Nico se sentía confundido y no sabía si después de lo que le había dicho aquel día en su cocina, debía de decirla algo o no.

   Pasadas las diez y media de la mañana llegó a la puerta del chalé de Miguel Buendía y como el día estaba como estaba decidió que esperaría dentro del coche. El moroso decidió hacerle esperar casi hora y media, no apareciendo hasta media mañana. Al salir con el coche pudo ver primero su cara de sorpresa e inmediatamente la de cabreo. No oyó el insulto que seguro le dijo. Aceleró su Audi A4 provocando casi un derrape. Comenzaba lo divertido. Tocaba seguirle donde quisiera que fuese. Buendía tomó la M-506, buscando la A-3 en dirección Rivas-Vaciamadrid. La persecución hasta entrar en la capital fue relativamente fácil ya que no estaban en hora punta. Seguro que el señor Buendía no esperaba encontrarse con un conductor tan avezado como Nico, y eso a pesar de que el coche de este no contaba con las prestaciones que tenía el del moroso. Sin embargo todo cambió cuando entraron en Madrid. El tráfico de la ciudad, semáforos y peatones, el callejeo, le puso las cosas muy difíciles, sin embargo hubo algo que le haría perderle definitivamente... Itahisa. 

   Tres meses, habían pasado casi tres meses desde la última vez que la había visto y de repente, cuando menos se lo esperaba y cuando menos necesitaba que apareciera, ahí estaba ella. 

   Buendía se había saltado el semáforo en rojo. Nico no iba a ser menos, no quería perderle en su primer día de persecución. No sabía de dónde había aparecido, pero de repente tuvo que frenar bruscamente. Nunca le resultó más dulce que le llamasen gilipollas. Hacía tres meses que no escuchaba su dulce acento canario. Ella no le conoció, ¿cómo iba a hacerlo con la cara pintada de verde?

   Salió de la turbación en que le había dejado Itahisa gracias al bocinazo del coche que se situaba por detrás cuando el semáforo se puso del color de su cara. No había rastro del A4 de Buendía. Lo había perdido. 

   Por un momento pensó en volver de nuevo a la oficina, sin embargo cambió de opinión y decidió hacer una visita a “Saturday Night Fever” la discoteca de Buendía, a sabiendas de que estaría cerrada. Dejó el coche donde pudo –y donde pudo no era precisamente cerca de la puerta de la discoteca–. Esperó casi dos horas, dos horas que le parecieron diez debido al frío. Dos horas en las que constantemente se estuvo preguntando si no se habría equivocado, pero no, no se había equivocado, la espera mereció la pena. La cara cerduna del moroso al verle en frente, saludándole con el sombrero, compensaba el precio pagado.




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