sábado, 7 de septiembre de 2013

PRESIDENTE ESCOBAR

     Bien, pues tal como dije en el anterior post, el presente iba a ser un cuento de fútbol, escrito al modo de una ucronía, en el que pudieramos leer una historia alternativa a la trágica muerte de Andrés Escobar de la que ya hablamos en un cuento anterior escrito en dos partes. Si no has tenido la oportunidad de leer anteriormente este cuento o lo que son las ucronías te lo pongo fácil dejándote aquí los enlaces. Espero que os gusten.




Ucronías: http://elultimohabitantedetokland.blogspot.com.es/2013/08/ucronias.html

La vida no termina aquí. El autogol de Andrés Escobar (I parte): http://elultimohabitantedetokland.blogspot.com.es/2013/08/la-vida-no-termina-aqui-el-autogol-de_18.html

La vida no termina aquí. El autogol de Andrés Escobar (II parte): http://elultimohabitantedetokland.blogspot.com.es/2013/08/la-vida-no-termina-aqui-el-autogol-de.html



     Las risas contagiaban el ambiente. Humberto había abierto la segunda botella de champagne, y como en la primera, la espuma brotó inesperadamente. Andrés estaba radiante, tomando unas pequeñas notas para poder dirigirse en breve a sus seguidores, a los votantes de su partido, la Liga Nacional Colombiana (LNC), que según los últimos datos del escrutinio, aunque todavía no definitivos, habría ganado las elecciones presidenciales.

     Comentaba con sus compañeros y con su padre algunos de los aspectos y el orden a tratar, pero tampoco quería ser muy concienzudo. Era un óptimo momento para la improvisación, para ser todo lo natural que él siempre había sido y que en la campaña electoral no había podido demostrar tal y como a él le hubiese gustado ¡ay, sus asesores!. No obstante, no se quejaba mucho, porque sólo habían sido ciertas consideraciones imprescindibles, consideraciones de esas que a él se le escapaban, al fin y al cabo su experiencia política todavía era bastante escasa, era prácticamente un novato, un novato que se convertiría en breve en Presidente de la República de Colombia, ¡quién se lo iba a decir a él cuando pateaba el balón por las principales canchas del mundo!, ¡quién se lo iba a decir a él cuando de niño pateaba el balón por las pobres canchas de arena de Medellín!

     La campaña había resultado muy dura, mucho más de lo que él se hubiera podido esperar. Al hecho de luchar encarnizadamente con uno de los partidos políticos más poderosos del país, con amplia experiencia en el gobierno, no en vano su candidato era el actual Presidente, que se presentaba a la reelección, había tenido que realizan miles de kilómetros viajando, en avión, en autobús, en coche ¡solo le había faltado subirse a un globo! Medellín, Bogotá, Santiago de Cali, Barranquilla, Cartagena de Indias, Manizales... y también localidades menores a las que no había querido dejar relegadas. Sin embargo, lo que no habría esperado nunca es que en esa campaña se utilizara el juego sucio para hacerle daño ¡él sólo quería estar en política porque creía que tenía algo que aportar, porque quería ayudar a la gente humilde de su país!

     Fueron varias las veces que le relacionaron con Pablo Escobar, el famoso capo de la droga, el máximo dirigente del Cártel de Medellín en aquellos años 80 y 90 tan violentos que pusieron a Colombia en el punto de mira de todo el mundo como uno de los lugares más peligrosos, sino el más, para vivir. Es cierto que había conocido a Pablo Escobar, que había estado relacionado con él, pero nunca en los términos que en la campaña se había querido insinuar. Él, ni mucho menos había sido amigo del todopoderoso capo que a tantos políticos había mandado asesinar. Pablo Escobar, como otros capos en otros equipos, había sido el presidente y protector del Atlético Nacional de Medellín, el equipo del corazón de Andrés, el equipo en el que era un ídolo, el equipo con el que había ganado una Copa Libertadores, la primera para un equipo colombiano, tras una agónica tanda de penaltis, frente al Olimpia de Paraguay, en la que incluso hizo un gol, el del primer lanzamiento desde los nueve metros. Tras aquella victoria, Pablo había recibido a su equipo en su finca, preparando una gran fiesta.

     A Andrés le recordaron también durante la campaña que el dinero que había ganado cuando militaba con los verdiblancos procedía seguramente de la droga, de la cocaína, y también de la extorsión y de la muerte. Sin embargo, él se defendía diciendo que solamente era un futbolista profesional que había hecho muy bien las cosas como defensa central, llegando al primer equipo del Nacional, lo que le había permitido fichar posteriormente por el poderoso Milán y un tiempo después por el Real Madrid y sobre todo proclamarse campeón del mundo con su selección en 1994. Cuando recordaba aquellos momentos, siempre le venía a la mente tres partidos de aquél campeonato, uno en la fase previa, cuando jugando en el Rose Bowl de Los Ángeles, frente a la anfitriona, Estados Unidos, ante noventa y tres mil espectadores, evitó un gol cantado al despejar contra el póster de su portería un balón cruzado desde la banda que esperaba para rematar Earnie Stewar, el delantero norteamericano. En aquél partido tan importante para Colombia, sobre todo después de haber perdido inmerecida e inesperadamente contra Rumanía en la primera jornada, Andrés acabó marcando el único gol del partido, ¡que testarazo, Andrés, que testarazo, le decían a su vuelta a Colombia! Y así había sido, un gran cabezazo, alzándose por encima de los defensores contrarios, al saque de un córner botado por Carlos Valderrama desde la izquierda, cuando el tic tac del reloj de Baldas, el árbitro italiano del partido, apunto estaba de marcar el final del encuentro. El empate casi hubiese dicho adiós a las posibilidades de Colombia en el campeonato, y eso que se presentaba como una de las favoritas, al menos así lo creía el mítico Pelé. Y es que aquella selección colombiana, la mejor de la historia del país andino, que había empezado tan discretamente el campeonato, juntaba a jugadores como el mencionado Valderrama, Leonel Álvarez, Faustino Asprilla, Adolfo “el tren” Valencia, Víctor Hugo Aristizábal y él mismo, Andrés Escobar, entre otros muchos buenos jugadores, que sin ser tan nombrados, formaban aquel equipazo dirigido por el maestro Pacho Maturana.

     El segundo gran momento personal de aquel campeonato fue cuando en la semifinal ante la sorprendente Suecia, en el estadio de los Giants de Nueva York, tras eliminar previamente a Brasil y Holanda en octavos y cuartos de final, metió otro importante gol. En aquella ocasión no fue tan decisivo como el del partido frente a Estados Unidos, ni siquiera tan espectacular, pero sirvió para dar tranquilidad al equipo, puesto que ponía el 2-0 en el marcador, en un partido que finalmente acabaría ganando Colombia por 3 a 1.

     El tercer gran momento, el mejor sin duda del campeonato, no fue por una actuación personal en un partido, sino cuando recibió como Capitán de Colombia la Copa del Mundo de manos del presidente de la FIFA, Joao Havelange, de nuevo en el Rose Bowl de Los Ángeles, que se había teñido de amarillo, para desolación de la afición de Italia, el país que inmediatamente se convertiría en su nuevo hogar tras fichar por el Milán.

     Escobar decidió que ya era el momento de dejarse ver, produciéndose un estallido de júbilo y alegría entre el público allí reunido. Los resultados ya no dejaban lugar para la duda, Andrés, sorprendentemente, sería el nuevo presidente de Colombia. Había sabido aprovechar su fama y su carisma de persona tranquila y buena. Trató de comenzar su discurso tres veces ante los vítores y cánticos de sus simpatizantes, envueltos en banderas verdes, el color de la LNC, que irremediablemente, y no por casualidad, recordaba al Atlético Nacional. Pronto empezó a recordar tiempos de su infancia y juventud, no sin dejar de mirar a su padre y su hermana que se encontraban detrás de él, junto con Pamela, la novia de toda su vida y ahora ya su mujer, que en breve se convertiría en la Primera Dama. Pertenecía a una familia media. No había sido rico, pero tampoco había pasado las necesidades de muchos de sus vecinos y compatriotas. Habló de sus prioridades, que estarían centradas, aunque en el ámbito de la política, en los valores que le había enseñado el gran referente de su vida, su madre, Beatriz Saldarriaga, fallecida cuando él apenas contaba dieciocho años, época en la que el fútbol ya era su gran aliciente. Siempre pensó que el deporte tenía que ser algo más que la competición en sí, algo más que una profesión, el fútbol tenía que ser un modo de ayudar a los demás. Andrés habló de otra de sus grandes preocupaciones, despejar –utilizaba este término tan característico suyo como defensa central que había sido– definitivamente la violencia del país. Se habían dado grandes pasos y el problema principal no eran ya los grandes cárteles de la droga. La muerte de Pablo Escobar una década antes en una operación del ejército de los EEUU fue importante, pero no definitiva, porque otros se preocuparon en ser los nuevos aterradores de la sociedad colombiana. El problema ahora era la guerrilla. El problema ahora eran las FARC.

     Sin embargo, Andrés sabía que aquella no era la noche para entrar en profundidad en el tema, aunque tampoco lo debía obviar, aquella era una noche de alegría. Andrés quiso expresar lo que antes había estado pensando, lo dura que había sido la campaña, recordó públicamente como se había querido jugar con su integridad, recordándole la relación con Pablo. Puso como ejemplo aquél partido que se vio obligado a jugar, sin él quererlo hacer realmente, en la cancha de fútbol de “La Catedral”, la prisión dónde cumplía condena el narcotraficante, un partido en el que participaron todos los internacionales del momento, incluido René Higuita, que le visitaba continuamente y que no tardaría en pisar la cárcel de forma más estable. Fue el único momento en el que se vio alterado a Andrés. No le gustaba aquello, sin embargo volvió a repetir que aquella noche era una noche de alegría, lo que a su vez provocaba una algarabía entre sus oyentes.

     Llegó el momento de finalizar su intervención y no quiso hacerlo de otra manera que recordando una frase que le había hecho famoso. La había utilizado cuando llegaron a Colombia tras ganar el mundial para referirse a los futuros éxitos de la tricolor, que como dijo, equivocadamente en aquella ocasión, no habían hecho más que empezar, la utilizó de nuevo cuando comunicó que dejaba su país para jugar en la vieja Europa y la volvió a utilizar cuando decidió dejar su carrera deportiva, cuando decidió colgar las botas, para indicar que se abrirían nuevas expectativas en su vida, aunque en ese momento no había pensado para nada dedicarse a la política, no era otra que “la vida no termina aquí”. En esta ocasión la utilizó con un nuevo sentido, esa noche quiso decir “hoy comienza una nueva vida para mí, hoy comienza una nueva etapa para Colombia”.

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